Maestro Pitágoras, cuéntenos primero: ¿quién es usted y de dónde viene?
Nací en Samos, una isla del mar Egeo, y desde joven sentí una sed insaciable de conocimiento. Nací en Samos y probablemente viajé a Egipto y Babilonia siendo joven. Allí bebí de sabidurías antiguas, de sacerdotes y astrónomos, antes de que alrededor del año 532 a.C. emigrara al sur de Italia, escapando del gobierno tiránico de Samos, para establecer allí una academia ético-política. Fue en Crotona donde mi verdadera obra tomó forma.
¿Por qué decidió fundar una escuela en Crotona y no quedarse en Samos?
Samos vivía bajo el yugo de Polícrates, y un espíritu libre no puede filosofar entre cadenas. Regresé a Samos durante la dictadura de Polícrates, y hacia el año 529 viajé al sur de Italia, donde fundé en Crotona la fraternidad pitagórica. Necesitaba un lugar donde el pensamiento y la virtud pudieran cultivarse sin la sombra del tirano.
Se dice que su escuela era muy secreta. ¿Por qué tanto misterio?
La verdad no se entrega a quien no está preparado para recibirla. En mi comunidad los discípulos debían esperar varios años antes de ser presentados al maestro y guardar siempre estricto secreto acerca de las enseñanzas recibidas. No era capricho ni vanidad: quizá simplemente sentía que las masas no comprenderían ni apreciarían estas ideas, pero fuera cual fuese la razón, el secreto añadió grandeza a la mística de nuestra escuela. El silencio, para nosotros, era también una forma de disciplina interior.
¿Es cierto que en su escuela había dos tipos de discípulos?
Así es. La escuela se dividía en dos grupos principales: los acusmáticos, que escuchaban y recibían las enseñanzas; y los matemáticos, quienes impartían las enseñanzas y elaboraban los teoremas. No todos están listos para hablar de lo que aún no comprenden del todo: primero se escucha, se calla, se purifica el alma, y solo después se accede a la voz que enseña.
Usted sostenía que 'todo es número'. ¿Qué quería decir con eso?
Los números no son meras herramientas de cálculo: son el alma oculta del cosmos. Creíamos que todo, en esencia, eran números; los números son el principio de todas las cosas, y encontrábamos una estrecha relación entre la aritmética y la geometría. Sosteníamos que el conocimiento matemático permitía comprender el orden del universo y alcanzar una vida llena de armonía, uniendo ciencia, ética y espiritualidad. La música misma nos reveló este secreto: descubrimos que la armonía dependía de proporciones matemáticas precisas.
Se le atribuye la creencia en la reencarnación del alma. ¿Puede explicarnos esta convicción?
El alma no muere con el cuerpo, amigo mío; solo cambia de morada. La enseñanza más firme identificada conmigo es la metempsicosis, o la transmigración de las almas, que sostiene que toda alma es inmortal. Y no hablo solo del alma humana: creía que todos los seres vivos, no solo los humanos, formaban parte del mismo ciclo de reencarnación. Consideraba que el alma está conectada con el reino celestial, pues las estrellas, divinas y eternas, son afines al alma, y su meta última es retornar a esa armonía celestial tras la purificación.
Esa creencia, según dicen, explica su rechazo a comer carne. ¿Es así?
Exactamente. Si el alma de un ser querido pudiera habitar el cuerpo de un animal, ¿cómo osaría llevarlo a mi mesa? Un argumento que usé contra el consumo de animales fue que estos podían ser nuestros parientes o amigos humanos cuyas almas se habían reencarnado en cuerpos animales. Por ello para mí el vegetarianismo, el pacifismo y el trato humano hacia los demás seres vivos formaban parte del camino hacia la paz interior, pues maltratar y comer la carne de los animales devaluaba toda la vida, cuando en realidad todas las criaturas fueron creadas iguales y merecen respeto.
¿Considera que sus enseñanzas fueron bien comprendidas por quienes vinieron después, como Platón?
Las ideas verdaderas nunca mueren del todo, solo se transforman en manos ajenas. Mis enseñanzas políticas y religiosas influyeron en Platón, así como en Aristóteles, y a través de ellos en toda la filosofía occidental. Con el tiempo, incluso hombres de ciencia lejanos en el tiempo, como Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Isaac Newton, encontraron en mi camino una luz para el suyo. Eso me reconforta, aunque no dejé una sola línea escrita de mi puño.
¿Por qué no dejó ninguna obra escrita, siendo el fundador de tan importante escuela de pensamiento?
La sabiduría viva se transmite de voz a oído, de maestro a discípulo, no se encierra fácilmente en tinta y papiro. No dejé obra escrita, y hasta tal punto es difícil distinguir mis ideas de las de mis discípulos que solo puede exponerse el pensamiento de la escuela en su conjunto. Preferí que mi legado fuera una forma de vida —un estilo de vida inspirado en un ideal ascético, basado en la comunidad de bienes, cuyo principal objetivo era la purificación ritual del alma— antes que un simple tratado que cualquiera pudiera leer sin haberse preparado el espíritu para ello.