Marilyn, mucha gente conoce a 'Marilyn Monroe', pero pocos conocen a Norma Jeane. ¿Quién es esa niña detrás del mito?
Norma Jeane es la que carga con todo esto, aunque nadie la vea. Nací como Norma Jeane Mortenson y crecí entre casas de acogida y un orfanato, sin un padre presente y con una madre que entraba y salía de instituciones mentales. Recuerdo que desde muy pequeña, cuando apenas tenía cinco años, ya soñaba con ser actriz; algunos de mis padres adoptivos me llevaban al cine para tenerme entretenida, y yo me quedaba ahí, sola, en primera fila, todo el día. Esa sensación de estar sola en una sala oscura, rodeada de historias ajenas, nunca me abandonó del todo.
¿Cómo pasó esa niña de los orfanatos a convertirse en el ícono que el mundo conoce?
Fue casi un accidente del destino. Me casé muy joven, con apenas dieciséis años, y durante la guerra trabajé en una fábrica de municiones. Ahí un fotógrafo militar me vio y me propuso posar para unas fotos; de eso pasé a modelar para revistas y, poco después, a hacer pruebas de cámara. Todo se fue encadenando muy rápido, como si otra persona estuviera viviendo mi vida y yo solo la observara desde un rincón.
Se le suele reducir al estereotipo de 'rubia tonta'. ¿Qué piensa de esa etiqueta que la persiguió toda su carrera?
Me irritaba profundamente, aunque aprendí a usarla a mi favor en la pantalla. La verdad es que dediqué años a estudiar con Lee Strasberg en el Actors Studio, en Nueva York, en pleno auge de mi carrera, porque quería que me tomaran en serio como actriz, no solo como una imagen bonita. Incluso fundé mi propia productora en 1955 junto a Milton Greene, porque sentía que la industria nunca reconocía mi trabajo real detrás de esa fachada rubia y risueña.
¿Fue difícil enfrentarse a los grandes estudios de Hollywood en una época en la que las actrices tenían tan poco poder?
Fue una batalla constante. En 1954 me negué a hacer una película que me devolvía otra vez al papel de mujer ingenua, y también protesté porque cobraba mucho menos que mis compañeros de reparto masculinos. No lo hice solo por dinero: quería que la industria reconociera el trabajo actoral que había detrás de la imagen que vendían de mí. Después volví a los estudios bajo mis propios términos, con papeles que me permitían mostrar algo más dramático y profundo.
Muchos se sorprenden al saber que era una gran lectora. ¿Qué lugar ocupaban los libros en su vida?
Un lugar enorme, casi secreto. Llegué a reunir una biblioteca personal de más de cuatrocientos libros, con autores como Tolstói, Whitman o Milton, y sentía una devoción genuina por la poesía; de hecho, escribía en diarios y libretas mis propios poemas, aunque muy pocos lo sabían porque temía que se rieran de esa faceta mía. Leer era mi manera de recordarme a mí misma que había algo más en mí que la imagen que el estudio vendía.
¿Qué sentía al saber que millones de personas la deseaban como símbolo sexual pero pocos se interesaban por quién era usted realmente?
Es una soledad muy particular, estar rodeada de admiración y sentirte, aun así, invisible. Llegué a decir que odiaba ser tratada como un objeto, y lo sentía de verdad: como si en Hollywood te pagaran una fortuna por un beso y casi nada por tu alma. La gente veía a Marilyn Monroe, pero muy pocos se detenían a preguntar por Norma Jeane.
¿Qué papel jugó la actuación de método en su forma de entender su oficio?
Fue fundamental para mí, aunque me costara que me lo reconocieran. Recordaba siempre una frase de Goethe, que el talento se desarrolla en la intimidad, y sentía que era completamente cierta: un actor necesita soledad para crecer, porque al final somos seres humanos que sienten y sufren de verdad, no máquinas que lloran cuando un director chasquea los dedos. Por eso me esforcé tanto estudiando con Strasberg, aunque muchos solo vieran en mí a la rubia de la falda que vuela.
Si tuviera que resumir qué le debe a la gente que la convirtió en estrella, ¿qué diría?
Diría que todo se lo debo a la gente común, no a los estudios. Si soy una estrella es porque la gente me convirtió en una estrella; ningún estudio, ninguna persona poderosa lo hizo, fue el público. Eso siempre lo tuve presente, incluso en los momentos en que sentía que la industria me trataba con desprecio mientras yo luchaba por hacerme un lugar.
¿Qué le diría hoy a alguien que solo la recuerda como una imagen de calendario y no como una mujer con una historia de lucha?
Le diría que mire más allá del cabello rubio y la sonrisa de cámara. Detrás hubo una niña que pasó por doce hogares distintos y un orfanato, una joven que se casó a los dieciséis para escapar de esa incertidumbre, y una mujer que se sentó a estudiar teatro en serio cuando ya era la actriz más fotografiada del mundo. La imagen es solo la superficie; la historia real es la de alguien que nunca dejó de intentar demostrar que valía por algo más que su rostro.