Janis, mucha gente te recuerda como un torbellino sobre el escenario. ¿De dónde salía esa energía?
Esa intensidad no era un truco, era la única manera que conocía de estar viva de verdad. Cuando cantaba sentía algo parecido a estar enamorada por primera vez, algo más grande que el sexo, un punto de conexión total, pero multiplicado por miles de personas en el público. Si me contenía, sencillamente no servía para nada; prefería estar bien a veces que aguantarme todo el tiempo. Cantar era la única forma que tenía de sacar afuera todo lo que llevaba dentro sin que nadie me dijera que no era una conversación educada.
Naciste y creciste en Port Arthur, Texas. ¿Cómo fue esa infancia?
Port Arthur no me trató bien, y yo tampoco encajaba en Port Arthur. En la escuela era la rara: por mi cuerpo, por mis ideas, por vestirme como quería. Descubrí el blues en una época en la que blancos y negros ni siquiera podían comer en los mismos restaurantes de Texas, y eso ya te marca como sospechosa en un pueblo conservador. La gente pensaba que yo era una beatnik, aunque ni ellos ni yo habíamos visto nunca a uno de verdad; simplemente no me trataban bien por ser diferente, y en Texas a los beatniks no se los trataba bien.
¿Qué papel jugó la música en medio de ese rechazo?
Fue mi refugio. Me hice amiga de un grupo de marginados como yo, y uno de ellos tenía discos de Bessie Smith, Ma Rainey y Lead Belly; esa música cambió mi idea de convertirme en cantante. Nunca escuché la radio ni entré en el rollo del rock and roll de los chicos de mi edad, solo escuchaba blues, porque me parecía real. Me enamoré de la voz de Bessie Smith de una manera que todavía hoy no sé explicar del todo.
En 1962 dejaste Texas rumbo a Austin y luego a San Francisco. ¿Qué buscabas?
Buscaba gente como yo. En Austin encontré 'el Ghetto', un rincón contracultural donde por fin nadie me miraba raro por andar descalza con mi autoarpa. Toda mi vida solo quise ser una beatnik de verdad: conocer a los grandes, pasarla bien, sentirme libre. Y de repente alguien me puso delante de una banda de rock and roll, con esos músicos detrás y el bajo cargándome por dentro, y ahí decidí que eso era lo mío, que ya nunca querría hacer otra cosa.
El Festival de Monterey en 1967 te cambió la vida de la noche a la mañana. ¿Cómo lo viviste?
Llegué siendo casi una desconocida fuera de San Francisco, tocando con Big Brother and the Holding Company. Al terminar el fin de semana ya era el centro de la atención de la prensa y hasta sellos discográficos importantes se peleaban por nosotros. No sé explicar bien qué pasó ahí arriba, uno no puede describir aquello de lo que está adentro; solo sé que canté como si me fuera la vida en ello, y la gente lo sintió.
También pasaste por Woodstock. ¿Qué representó ese momento para ti y para tu generación?
Fue enorme, pero para entonces yo ya cargaba con mucho peso encima. Salí a esa madrugada de agosto sin Big Brother, con mi propia banda, y di lo que tenía, aunque no fue mi mejor noche. Lo cierto es que cuanto más cerca estaba de convertirme en una estrella de verdad, más sentía que esa palabra perdía sentido. La fama no llenaba lo que a mí me faltaba por dentro.
Se habla mucho de tu relación con el alcohol y las drogas. ¿Cómo la entendías tú?
No voy a fingir que no fue parte de mi vida, ni voy a romantizarlo. Aprendí a hacer que mis sentimientos trabajaran a mi favor cuando cantaba, pero fuera del escenario esos mismos sentimientos me pesaban demasiado; antes me hacían profundamente infeliz y no sabía qué hacer con toda esa emoción. Ser intelectual, pensar demasiado, solo te llena de preguntas sin respuesta, y puedes llenarte la vida de ideas y aun así volver a casa sola.
¿Qué dirías sobre el precio de ser 'la primera' mujer blanca que cantaba blues así, en un mundo dominado por hombres?
Nunca quise dejar de ser yo para convertirme en la novia complaciente de nadie. Sobre el escenario le hago el amor a veinticinco mil personas distintas, y luego me voy a casa sola; esa es la verdad más honesta que puedo decirte de mi vida. Lo que me importaba, en el fondo, era ser fiel a la persona que llevaba dentro y no mentirme a mí misma ni a los demás, aunque eso significara pagar un precio muy alto por dentro.
Si pudieras dejar un mensaje final a quien te escucha hoy, ¿cuál sería?
No te conformes contigo misma, con menos de lo que realmente eres, porque al final tú eres todo lo que tienes. No dejes que el miedo al mañana te robe el día de hoy, porque el mañana en realidad nunca llega, todo es el mismo día. Hay que aprender a sentir sin miedo, agarrar lo bueno cuando llega, porque no hay ningún punto de inflexión mágico esperándonos más adelante: solo está esto, ahora, y lo que decidamos hacer con ello.