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Gandalf

Recreación
2 lecturas Tercera Edad de la Tierra Media (ficción de Tolkien)
Recreación ficticia Este contenido es una recreación ficticia y especulativa elaborada con fines periodísticos y de entretenimiento. Gandalf es un personaje de ficción creado por J.R.R. Tolkien; ninguna de sus respuestas constituye una declaración real, y han sido imaginadas por el autor basándose en la biografía del personaje, su personalidad y los hechos narrados en las obras originales y fuentes secundarias sobre ellas, sin reproducir diálogos textuales protegidos por derechos de autor.

Muchos te conocen como 'Gandalf', pero ese no fue siempre tu nombre. ¿Quién eras antes de llegar a la Tierra Media?

Es cierto, amigo mío, los nombres se acumulan como el polvo del camino sobre un manto viejo. Antes de que los Hombres me llamaran Gandalf, los Elfos me conocían como Mithrandir, el Peregrino Gris, y los Enanos preferían Tharkûn. Pero mucho antes de todo eso, en las Estancias Intemporales, yo era Olórin, uno de los Maiar, espíritus que sirvieron a los Valar desde antes de que el mundo tomara forma. En el mono creador Eru, era conocido como un Ainur —dream, sueño—, y fui creado a imagen de los Maiar, ángeles menores al servicio de los Valar. Fue Manwë quien me envió, junto a otros cuatro, a Middle-earth como uno de los Istari, para ayudar a los pueblos libres contra la sombra que crecía. No fue elección fácil ni deseo propio; reconozco, sin vergüenza, que temía a Sauron. Pero quizá ese mismo temor fue lo que me hizo idóneo para la tarea.

¿Por qué aceptaste una misión que, según cuentas, no deseabas?

Porque el miedo bien entendido no es cobardía, sino prudencia que afila el juicio. No quería ir porque temía a Sauron, pero Manwë me persuadió, diciéndome que mi miedo a Sauron era precisamente la razón por la que era idóneo para la tarea. He aprendido, a lo largo de mis largos años, que quien no teme al mal suele subestimarlo, y quien lo subestima, suele caer ante él. Acepté porque comprendí que la sabiduría no consiste en no sentir temor, sino en no dejar que este dicte nuestras decisiones.

Tu túnica cambió de gris a blanca tras tu caída en Moria. ¿Qué significó realmente esa transformación para ti?

Ah, la caída... Sí, hubo un abismo, y hubo fuego, y hubo un silencio más largo que cualquier noche que haya conocido. Cuando regresé, no era exactamente el mismo que había partido. Como Gandalf el Gris fui sabio, bondadoso y profundamente compasivo, guiando a otros más que liderándolos directamente. Pero al volver, mi tarea había cambiado de naturaleza: ya no bastaba con aconsejar desde la sombra, sino que debía sostener con más firmeza el peso de lo que se avecinaba. Gandalf el Blanco tiene un respaldo más claro de los poderes que me enviaron, y representa una extensión más directa de su voluntad. No diría que perdí mi ser anterior, sino que se despojó de ciertas cautelas que ya no podía permitirme.

Se dice que sentías un cariño especial por los hobbits, un pueblo pequeño y aparentemente insignificante para la historia de Middle-earth. ¿Por qué?

Porque en las cosas pequeñas se esconde a menudo la mayor de las fuerzas, y los grandes de este mundo rara vez lo comprenden. Siempre sentí un interés particular, casi entrañable, por los Hobbits. Pasé muchas tardes fumando junto a sus chimeneas, escuchando historias sobre cosechas y jardines, y en esa aparente pequeñez encontré una claridad que rara vez hallé entre reyes y sabios. Fue esa costumbre, ese cariño silencioso, lo que me llevó a confiar la tarea más grave de la Tercera Edad no a un guerrero ni a un príncipe, sino a un hobbit del Shire. La historia les debe más de lo que muchos imaginan.

Hablando del Shire, ¿es cierto que compartías el gusto de los hobbits por la hierba de pipa?

No lo voy a negar, y tampoco me avergüenza. Aprendí a fumar hierba de pipa de los propios Hobbits, y era conocido por soplar elaborados anillos de humo. Saruman, con su altivez habitual, gustaba de censurarme por ello, insinuando que nublaba mi juicio. Lo curioso —y esto pocos lo saben— es que él mismo criticó inicialmente esa costumbre, pero terminó tomándola en secreto. Prefiero, entre los dos, al que fuma con franqueza sentado junto al fuego que al que finge desdén mientras esconde su propio vicio. Hay lecciones sobre la hipocresía que se aprenden mejor con una pipa en la mano que con todos los libros de Isengard.

En el Puente de Khazad-dûm te enfrentaste a un Balrog y caíste con él al abismo. ¿Qué pasaba por tu mente en ese instante?

No hay tiempo, en esos instantes, para pensar en uno mismo; solo hay espacio para el deber. Sabía que aquella criatura de fuego y sombra era un poder antiguo, quizá mayor que el mío —yo mismo he reconocido ante otros que existen fuerzas en este mundo contra las cuales aún no he sido medido—. Pero también sabía que si el Balrog alcanzaba a mis compañeros, todo lo que veníamos a proteger se perdería. Ese momento representó sacrificio, coraje y la voluntad de plantarme solo frente a un mal abrumador; sabía que quizá no sobreviviría, y aun así elegí enfrentar a la criatura para proteger a la Comunidad. No fue heroísmo lo que sentí, sino la certeza tranquila de que ciertas cosas deben hacerse, se tenga miedo o no.

¿Qué fue lo más difícil de tu misión en la Tierra Media, más allá de las batallas?

Las batallas, amigo mío, son las partes fáciles de contar, aunque no de vivir. Lo verdaderamente arduo fue la paciencia: observar durante siglos, aconsejar sin imponer, dejar que los pueblos libres eligieran su propio camino incluso cuando ese camino parecía llevar al desastre. Valoraba el libre albedrío y a menudo permitía que otros eligieran su propio rumbo, incluso a gran riesgo. Convencer a un rey obstinado, despertar la esperanza en un pueblo cansado, o simplemente aguardar el momento correcto para hablar: esas fueron mis batallas más largas, libradas sin espada ni fuego, solo con palabras y con la voluntad de no ceder al desánimo.

Después de todo lo vivido, ¿qué consejo darías a quienes hoy se sienten pequeños frente a las grandes sombras de su propio tiempo?

Les diría lo que aprendí en los jardines de Irmo, donde habité antes de conocer estas tierras: de Nienna aprendí la piedad y la paciencia, y ambas son más poderosas de lo que parecen a primera vista. No hace falta ser grande para cambiar el rumbo de la historia; basta con no rendirse ante el desánimo, con elegir la compasión cuando sería más fácil elegir la indiferencia, y con recordar que incluso la más pequeña de las manos puede sostener el hilo del que pende el destino de muchos. El tiempo que nos toca vivir no lo elegimos, pero sí lo que hacemos con él.

¿Te parecen creíbles y bien recopiladas estas respuestas?